La desnudez de su mano quebraba la escarcha
del papel, mientra el pensamiento defoliaba los recuerdos, e impregnaba de dolor
todo lo que iba a acontecer; a través de la nervadura inexacta de unas cuantas
palabras rozando el último acercamiento. Un encuentro que ninguno de los dos
quería pronunciar, pero que estaba ahí, presente en cada momento; dibujando el
torso incurable de la piel muerta. Un encuentro prendiendo el silencio en
llamas, en cuatro o cinco líneas de una carta… Y una despedida con el hedor
anodino de la ausencia; jalonado en el tiempo entre dos mitades: ella escribe y
él lee, y se resigna. Y en medio, la sombra de ambos demorando la distancia…
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