viernes, 17 de febrero de 2012

Fragmento... (10)


“… Y mi versión nabokoviana de nínfula comienza así: La nínfula, mi nínfula, no es un objeto completamente externo al pensamiento de alguien (o mío). La nínfula existe, sin duda, pero pocas personas han desarrollado esa capacidad de percepción que posibilitaría descubrir sus encantos. Así pues, la nínfula no existe sin su descubridor… ¿Y como nínfula en sí misma que queda? Pues algo maravilloso, y extraído por su descubridor. La nínfula es la síntesis de varios elementos contradictorios a primera vista. Lo primero es la sensación de suavidad: su piel, su cara, la inexactitud de su cuerpo aún por terminar de formar… Luego está su dulzura: una voz infantil y alegre. En tercer lugar, debe llevar consigo la metáfora de la virginidad. El descubridor desea egoístamente ser el primero… En cuarto lugar, domina su pre-intención de explorar el mundo del adulto. La nínfula reniega en cierto modo de su generación; aunque tampoco alcanza a dominar la templanza de una mujer. En quinto lugar, diría que la “represiva” y poco “imaginativa” sociedad en la que vive, le reconvierte en un ser exótico. En este sentido, su calidad de objeto inaprensible se bifurca en dos imposibilidades productoras de lo exótico: 1) El delito y la censura; 2) La incertidumbre de su carácter desactiva cualquier fijación de su persona como pareja.

En suma, la nínfula se auto-mitifica a los ojos de su descubridor, y lo destruye lentamente… Pero en el fondo, la nínfula desea ser comprendida por esas personas tan especiales que escasean en la vida cotidiana; incluso para saber lo que no saben que son, a pesar de los indicios…”