“… Y mi versión nabokoviana de nínfula
comienza así: La nínfula, mi nínfula, no es un objeto completamente externo al
pensamiento de alguien (o mío). La nínfula existe, sin duda, pero pocas
personas han desarrollado esa capacidad de percepción que posibilitaría
descubrir sus encantos. Así pues, la nínfula no existe sin su descubridor… ¿Y
como nínfula en sí misma que queda? Pues algo maravilloso, y extraído por su
descubridor. La nínfula es la síntesis de varios elementos contradictorios a
primera vista. Lo primero es la sensación de suavidad: su piel, su cara, la
inexactitud de su cuerpo aún por terminar de formar… Luego está su dulzura: una
voz infantil y alegre. En tercer lugar, debe llevar consigo la metáfora de la
virginidad. El descubridor desea egoístamente ser el primero… En cuarto lugar,
domina su pre-intención de explorar el mundo del adulto. La nínfula reniega en
cierto modo de su generación; aunque tampoco alcanza a dominar la templanza de
una mujer. En quinto lugar, diría que la “represiva” y poco “imaginativa”
sociedad en la que vive, le reconvierte en un ser exótico. En este sentido, su
calidad de objeto inaprensible se bifurca en dos imposibilidades productoras de
lo exótico: 1) El delito y la censura; 2) La incertidumbre de su carácter
desactiva cualquier fijación de su persona como pareja.
En suma, la nínfula se auto-mitifica a los
ojos de su descubridor, y lo destruye lentamente… Pero en el fondo, la nínfula
desea ser comprendida por esas personas tan especiales que escasean en la vida
cotidiana; incluso para saber lo que no saben que son, a pesar de los
indicios…”

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