“… Hay dos cosas que he empezado a amar de las
mujeres. La primera de ellas es su afán de manipularme. Casi todas las mujeres
que han cruzado en mi camino han tendido a manipularme con el afán de conseguir
determinadas informaciones. ¿Cómo podría categorizar a semejante acto tan
obsceno como bello? Sin duda, la mujer me condena a amarla aunque no quiera.
Qué derroche de creatividad silente serpentea entre mis superfluas
explicaciones… Nada que ver con el hombre y su visión unidimensional de la
realidad…
El
segundo punto es la mentira. Qué poético me parece una mujer mintiéndome a la
cara. Es especial cuando la mentira, que busca salvar su dignidad, sacraliza su
propia dignidad… porque la dignidad se convierte en un objeto de valor cuando
se tiene la conciencia de perder algo muy importante. Y es aquí cuando la
dignidad, en su huida… adquiere un sentido inédito… Esa “meta-mentira” merece
todos mis elogios. Y espero que en la próxima vida me corresponda ser mujer…”

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