Hoy pensaba hablar de otra cosa, pero la
inesperada muerte de mi queridísimo Angelopoulos, me ha aniquilado.
Theo, junto a Ingmar Bergman, ha sido uno de
mis padres; porque un padre es también aquella persona que enseña a ver la vida
con otra mirada. O como certeramente dice una muy buena amiga: se abre otra
ventana. Tal vez Angelopoulos fue poco conocido, y tal vez, muchos de los que
lo conocían detestaban su cine; sin embargo, para mí era una persona especial,
un poeta de las imágenes. De su cámara salieron los mejores versos que jamás he
visto en el cine: El poeta que compraba palabras para componer su poema… La
compañía de teatro ensayando a lo largo de una playa… La caída del comunismo a
través de una maltrecha estatua de Lenin, viajando por un barco… El cine de
Angelopoulos no necesitaba de grandes diálogos, ni de grandes interpretaciones.
Tampoco necesitaba mostrar muchos detalles para cerrar la lógica de una
película. Su cine no caminaba a lomos de un guión; ni tenía la imperiosa necesidad
de contar una historia lineal. Más bien todo giraba en torno a una metáfora
desglosada en fragmentos casi estáticos. Sobre la temporalidad de los filmes que llegué
a ver, fluía otra cronología “reversible” a través de los actores. Es decir,
éstos se despojaban de su identidad o deseaban volver sobre sus pasos para
recuperar aquello que quisieron ser y no pudieron. Tal vez Angelopoulos siempre
estuvo imbuido por el eterno retorno griego… Como él mismo decía: “Mis
películas tratan de los viajes que todos realizamos. Es el problema universal
de no tener un lugar”… El viaje del hombre al eje de su existencia… Hasta
siempre querido maestro!!!

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