viernes, 13 de enero de 2012
Simone (9)
A los ocho meses de mi relación con Simone. O mejor dicho (para evitar confusiones y convencionalismos), a los ocho meses de perfilar un sutil acercamiento con Simone, me di cuenta que como mujer podía transcender a Sabina y a Teresa. Todo aquello que Milan Kundera no quiso o supo elaborar en su “La insoportable levedad del Ser”, emergía de los efluvios de Simone. Ella dominaba la distancia a la perfección; y no porque estuviera en el sitio donde yo deseaba verla, sino por la incertidumbre que me creaba con sus idas y venidas. Curiosamente (y contradictoriamente), cuanto más me afanaba por monopolizar su vida, más de alejaba de mí. Digamos que la estela de los metros abiertos entre ambos retroalimentaba aquello en lo que no quería convertirme. De forma contradictoria, Simone me tenía atrapado en la rueda del inexacto retorno… Aunque siempre había un límite que no traspasaba. Cuando llegaba al ribete de mi ausencia, todo mi candor se hermetizaba bajo la fría mirada de la racionalidad y desapego. En seguida recobraba mi condición de verdugo, y ponía en el patíbulo lo que Simone podía perder de mí… Era el momento, en el cual ella se convertía en Teresa y abandonaba a Sabina… En otras palabras, había tres Simone, y cada una de ellas venía a completar el epílogo de “La insoportable levedad del Ser”: 1) Simone entre Sabina y Teresa; 2) Simone como el lado orgulloso de Sabina; 3) Simone en la versión más cobarde de Teresa…
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