La primera vez que vi a Simone fue en la casa
de unos amigos que teníamos en común… Ese día me habían invitado a una fiesta,
pero yo, egoísta de mis reflexiones, me quedé en la biblioteca escribiendo un
pequeño opúsculo obre política, y llegué tarde; como tres horas más tarde de lo
previsto. Para ser sinceros, no me apetecía nada ir; pero debía cumplir con el
compromiso…
Eran las doce cuando toqué en la puerta. Se
oía música de fondo y gente riendo por momentos. Todo esto lo digo porque
tardaron como cinco minutos en abrirme, y me pude hacer una idea de la
situación. Todo cambió cuando crucé el zaguán: Simone estaba charlando con tres
amigos, apretujada en una butaca. ¿Cómo puedo explicar lo que sentí? Hay
imágenes que no concluyen en el hecho en sí; necesitan de alguien que la
recomponga y que le dé vida… Simone tenía las piernas cruzadas y suspendidas en
el aire a la altura del asiento. Llevaba puesto nos vaqueros un tanto holgados,
y justo donde acababan, y debido a una especie de asimetría óptica, asomaban sus
delicados pies como prolongaciones necesarias de la exactitud femenina. Debo
confesar que Simone me daba la espalda, y no se giró en ningún momento mientras
la observaba. Tan sólo alcanzaba a comprobar por momentos un pequeño perfil de
su cara cuando la caída del pelo dejaba un poco de espacio. Un precioso pelo
que se derramaba por los hombros y que moría entre tímidos bucles arrellanados
sobre el suéter. Sabía sin verle la cara que estaba cansada; que la desnudez de
sus ojos había descendido y que el exordio de su sonrisa había desaparecido.
Aún así, Simone era feliz en aquel instante.
A pesar de todo, sé que es difícil extraer una
conclusión de mis palabras. Tampoco pretendo que me entiendan del todo. Sólo
quiero decir que hay expresiones visuales indelebles que dormitan en algún
rincón de nuestra experiencia vital…

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada