miércoles 18 de enero de 2012

Simone (13)


La primera vez que vi a Simone fue en la casa de unos amigos que teníamos en común… Ese día me habían invitado a una fiesta, pero yo, egoísta de mis reflexiones, me quedé en la biblioteca escribiendo un pequeño opúsculo obre política, y llegué tarde; como tres horas más tarde de lo previsto. Para ser sinceros, no me apetecía nada ir; pero debía cumplir con el compromiso…
Eran las doce cuando toqué en la puerta. Se oía música de fondo y gente riendo por momentos. Todo esto lo digo porque tardaron como cinco minutos en abrirme, y me pude hacer una idea de la situación. Todo cambió cuando crucé el zaguán: Simone estaba charlando con tres amigos, apretujada en una butaca. ¿Cómo puedo explicar lo que sentí? Hay imágenes que no concluyen en el hecho en sí; necesitan de alguien que la recomponga y que le dé vida… Simone tenía las piernas cruzadas y suspendidas en el aire a la altura del asiento. Llevaba puesto nos vaqueros un tanto holgados, y justo donde acababan, y debido a una especie de asimetría óptica, asomaban sus delicados pies como prolongaciones necesarias de la exactitud femenina. Debo confesar que Simone me daba la espalda, y no se giró en ningún momento mientras la observaba. Tan sólo alcanzaba a comprobar por momentos un pequeño perfil de su cara cuando la caída del pelo dejaba un poco de espacio. Un precioso pelo que se derramaba por los hombros y que moría entre tímidos bucles arrellanados sobre el suéter. Sabía sin verle la cara que estaba cansada; que la desnudez de sus ojos había descendido y que el exordio de su sonrisa había desaparecido. Aún así, Simone era feliz en aquel instante.

A pesar de todo, sé que es difícil extraer una conclusión de mis palabras. Tampoco pretendo que me entiendan del todo. Sólo quiero decir que hay expresiones visuales indelebles que dormitan en algún rincón de nuestra experiencia vital…