Leer entraña un excelso universo de
posibilidades. Deseo hablar aquí de una problemática un tanto poética e
incierta. Para empezar, maldigo la frase “leer es vivir dos veces”, aunque en
una parte estoy de acuerdo. Es cierto que leer nos desplaza hacia otras
existencias imaginarias que perfectamente podrían sintetizarse en “la otra
vida”. Pero también es cierto, que el hecho de tener conciencia de otras
existencias retroalimentan la propia vida real. Y lo hace de forma cruel. Te
agudiza la mirada; una mirada que se alarga y se distancia, y se retuerce
mirando hacia atrás para deformar lo que deja en medio. Lo que somos y lo que
podemos ser llegan a un punto de contradicción a través de la lectura. Por eso,
para mí leer tiene (o ha tenido) otra perspectiva. Realmente no significa que
viva dos veces, sino que no haya vivido ninguna vez, pues por un lado, me sitúa
al borde de retazos de vida que a mi manera desearía experimentar. Y por otro
lado, y precisamente por esa toma de conciencia, me sitúa (y me ha situado) en
la pre-existencia de mi propia vida. Ni siquiera es arrepentimiento lo que
podría sentirse; es algo diferente, que denominaré vacío retrospectivo. Leer
tiene la fuerza suficiente para clavarte en el pecho esta pregunta: ¿Quién
eres? Y al mismo tiempo te asfixia sobre la superficie de un prisma a modo de
turista intelectivo, y te pregunta: ¿Qué tal te parece el paisaje? Deseo
renegar de esa frase, y sustituirla por otra menos poética y más real: “Leer
nos destruye lentamente”
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