jueves, 29 de diciembre de 2011

Eternamente encadenada...

Intentaba estudiar en medio de la biblioteca, pero tenía los ojos inyectados de razones. Los reglones se justificaban a sí mismo por el hermetismo de su cuerpo, y el resto, se evaporaba por ausencia. El escalofrío de la duda pasaba las páginas: huir antes del veredicto… el optimismo de la negación… el silencio que coloniza espacios vetados a la tristeza… vanas ilusiones… Y en el fondo y a pesar del delirio, ella sabía lo que iba a suceder; que su primera palabra palidecería en el hálito estrangulado de la impresión, al albor de la aproximación; en ese pequeño instante que se desperdicia en un minuto… Porque en realidad era consciente del objeto sumergido en el centro de su herida… y de todo lo demás, de todo aquello que no podía más que musitar para intercambiar su tiempo…