2) “La perspectiva de la deconstrucción”
E. tiene un largo bagaje al respecto de este tipo de experiencias; aunque eso no significa que no pueda equivocarse. E. plantea las cosas de otra manera: E. piensa que hay dos maneras para llegar a hablar con una mujer que gusta físicamente: 1) Directamente, con o sin excusas; 2) Tener la posibilidad de conocerla en un contexto donde hay más personas en común. La primera se define por sus intereses: el físico. No hay aproximación accidental o circunstancial. El primer motivo es la elección física; pero la elección física, no como un pre-requisito para desarrollar el campo de lo simbólico, sino como un fin en sí mismo. Lo simbólico es el medio, el acceso que mitiga y solapa la brusquedad de los intereses sexuales. Son tres actos: busca-valora-accede. El hombre no se acerca a una mujer para comprobar si es interesante porque si no, tendría acercarse a todas. Y tampoco se acerca para ver si es interesante tras comprobar que el físico no sería un problema, porque entonces su discurso no se desarrollaría sobre los halagos y las certezas (hacia S.) sino sobre los descubrimientos extraídos en temas impersonales. No es la conversación y S., sino S. a través de la conversación; y ésta derivada hacia el halago metódico en un proceso de “descubrimiento improvisado” Aquí radica la distorsión de S., pues ella no sabe distinguir entre un discurso ocasional y un discurso deliberado. Sus necesidades psico-simbólicas tienen un correlato en las moderadas palabras de P. Y tampoco S. estima aquel encuentro como un juego de sensualidad pasajero que terminaría al igual que la noche. S. piensa que es el inicio de algo bonito… S. carece de la filosofía de la sospecha. Aún peor es el no comprender el orden secuencial de las palabras. El intercambio de significados fluye como notas musicales esperando su momento. La palabra equivocada rompe la naturalidad del tiempo de aproximación. En cualquier caso, si S. desea contemplar su efímera felicidad como “aquella noche maravillosa”, está en su legítimo derecho. El problema no radica en tener por verdad una experiencia, el problema está en que S. desea prolongar ese encuentro en días y semanas posteriores. S. piensa que P. es así, y no lo es… P. tiene una notable habilidad para sofisticar sus necesidades “perentorias”.
E. es de la opinión de intentar saber captar a las personas en sus límites psico-existenciales. Aunque no nos demos cuenta, cada uno de nosotros lleva un registro vital, tanto de lo que podemos expresar, como de lo que no. E. piensa que es más importante, incluso, comprender lo que las personas no pueden decirnos. Cuando los tópicos se disfrazan de ideas, la distorsión puede ser muy grande; en cambio, la creatividad de una opinión despojada de moralismos y razones evidentes, requiere poseer un cierto bagaje… Y también el discurso expresado tiene sus vacíos si se hacen las preguntas adecuadas. La mezcla de ambas formas de buscar la verdad proporciona una visión global de la persona… E. piensa que las sensaciones tienen que tener su conexión con lo que casi con seguridad no variará en el tiempo… S. sentía, pero si S. le hubiera preguntado la razón subyacente a P., o éste le hubiera confesado lo que en primera y última instancia deseaba, a lo mejor la “pantalla de la fantasía” se hubiera caído en golpe.
Sé que la magnífica S. podría defender la vivencia por sí misma; pero tal vez E. solamente aceptaría esa versión si ella es capaz de reconocerle que el momento de gloria no tenía más trasfondo que el dejarse llevar por la parodia de un gran encuentro. ¿Un simulacro? ¿Un autoengaño? ¿Un dejarse llevar en el fondo de una fotografía? ¿Una ceguera circunstancial? Lo cierto es que toda vinculación de esa noche con algo más profundo y duradero carece de visión o carece de sinceridad… Y a pesar de todo, sus sentimientos sí fueron reales al borde de la barra de un bar…
